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La Restauración, una conquista del pueblo

La Restauración fue una conquista del pueblo que luchó para sacar del país las tropas españolas luego de la anexión permitida por Pedro Santana.

El recuerdo de las heroicas batallas sostenidas por el pueblo dominicano para conseguir y consolidar su independencia todavía estaba fresco cuando Pedro Santana, siempre vinculado a las ideas entreguistas de los sectores conservadores, comenzó a gestionar la protección de España.

Corría el año 1859 y los haitianos habían descontinuado los intentos de reconquista de la parte Este de la isla, aunque poco a poco incrementaban su influencia comercial y poblacional en las zonas fronterizas.

El gobierno de Santana veía grandes amenazas en la inestabilidad política permanente y en la crisis económica que sus funcionarios corruptos ayudaron a empeorar, además de que sentía temor por las  incursiones de aventureros estadounidenses en aguas territoriales.

Por estas razones delegó en el antiguo trinitario Felipe Alfau la misión de atraer el favor político y militar de los españoles a cambio del control de las aduanas y de la reducción de los impuestos para los barcos provenientes de la Madre Patria.

 Tras casi un año de acciones diplomáticas, Alfau consiguió la respuesta de la Corona, que ya había perdido sus grandes dominios en Hispanoamérica y necesitaba acciones estratégicas para mantener su hegemonía en las Antillas Mayores.

El 27 de abril, cuenta Frank Moya Pons en su libro “Manual de Historia Dominicana” Santana se dirigió a la Reina en términos que no dejaban duda de que el interés de su gobierno era anexar el país a España. Las condiciones presentadas a espaldas de la mayoría de la población y de los sectores productivos del país fueron: “Que no se volviera a la esclavitud; que la República fuera una provincia y no una colonia como lo eran Cuba y Puerto Rico; el mantenimiento de cargos importantes para los santanistas; el reconocimiento de las actas que hasta entonces se habían producido en el Estado dominicano; y el canje justo de papel moneda por monedas de oro y plata”. Así lo cuenta Juan Gilberto Núñez en su escrito “La Restauración de la Independencia Dominicana”.

España acogió las condicionantes  y comenzó, a instancias del Capitán General de Cuba, Francisco Serrano, los preparativos para convertir al recién nacido país en una simple provincia de ultramar. 

Solo exigió al General Santana la implementación de una serie de actividades, incluida la recolección de firmas, para dar a entender que el proceso de asimilación brotaba como deseo “espontáneo” del pueblo dominicano.

Reacción inmediata

Moya Pons cuenta que “tan pronto se proclamó solemnemente la anexión en la plaza de la Catedral  (hoy parque Colón), el 18 de marzo de 1861, los manifiestos forjados a instancias del Gobierno empezaron a publicarse durante las semanas siguientes, dando la impresión de que todo el país había apoyado la reincorporación”.  Sin embargo, la realidad era otra, contraria y efervescente.

En enero, antes de que se enarbolara la bandera española, Matías Ramón Mella había sido arrestado y expulsado del país por oponerse al entreguismo.  Y ya el 2 de mayo, a menos de un mes de la llegada de los primeros 3,000 soldados españoles, el general José Contreras y un grupo de criollos se habían levantado en armas en contra del cambio político, temerosos de que se restableciera el viejo sistema colonial de esclavitud.

Estos rebeldes fueron capturados rápidamente, pero en junio del mismo año el prócer Francisco Sánchez del Rosario, en coordinación con José María Cabral, invadió el país por el Valle de San Juan. Su grupo se había articulado en Haití, cuyo gobierno apoyó el proceso de rebelión porque temía al expansionismo colonial.

Sánchez tenía la intención de arrastrar fuerzas hasta Santo Domingo, pero cayó herido en las inmediaciones de El Cercado, y un tribunal de guerra ordenó su inmediato fusilamiento.

“Para enarbolar el pabellón dominicano fue necesario derramar la sangre de los Sánchez, para arriarlo se necesita también la de los Sánchez”, dijo el patricio antes de ser llevado al patíbulo.

El descontento del pueblo se expandía en la medida en que los españoles armaban su estructura de gobierno. Comenzaron con la reorganización del Ejército, donde relegaron a posiciones inferiores a los altos mandos santanistas.

El mismo Pedro Santana, nombrado capitán general de la provincia Santo Domingo, tenía que rendir cuentas a su lugarteniente, el brigadier Antonio Peláez de Campomanes, quien a la vez se comunicaba con la Capitanía de Cuba.

Los comerciantes del Sur y el Cibao se sentían oprimidos por las medidas monetarias impuestas y de seguridad, además de que no resistían la actitud racista y de superioridad del soldado español.

Hasta la Iglesia católica local, con una importante participación de sacerdotes masones, se opuso a las medidas adoptadas por el nuevo arzobispo, Bienvenido de Monzón.

A finales de 1862 la tención reinaba en todo el territorio. Y en la primera semana de 1863 el comandante Cayetano Velázquez, con unos 50 hombres, se rebeló contra la comandancia de armas de Neiba, sin mayores resultados. “Esta acción, aunque fue controlada por las tropas españolas, marcó el inicio de la larga carrera de luchas restauradoras”, apunta Juan Gilberto Núñez. 

Acta promulgada por los restauradores

Independencia

Nosotros, los habitantes de la parte Española de la Isla de Santo Domingo, manifestamos por medio de la presente Acta de Independencia, ante Dios, al mundo entero y al trono de España, los justos y legales motivos que nos han obligado a tomar las armas para restaurar la República Dominicana y reconquistar nuestra libertad, el primero, el más precioso de los derechos con que el hombre fue favorecido por el Supremo Hacedor del Universo, justificando así nuestra conducta arreglada y nuestro imprescindible obrar, toda vez que otros medios suaves y persuasivos, uno de ellos muy elocuente, nuestro descontento, empleados oportunamente, no han sido bastantes para persuadir al Trono de Castilla: que nuestra anexión a la Corona no fue obra de nuestra espontánea voluntad, sino del querer fementido del general Pedro Santana y de sus secuaces, quienes, en la desesperación de su indefectible caída del poder, tomaron el desesperado partido de entregar la República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el pretexto de anexión al poder de la España, permitiendo que descendiese el pabellón cruzado, enarbolado a costa de sangre del pueblo dominicano y con mil patíbulos de triste recuerdo.

En pie de Guerra

A principios de febrero las tropas españolas descubrieron que el general Santiago Rodríguez tramaba, desde Sabaneta,  la rebelión de todos los pueblos del Cibao para tomar las armas el día 27, por conmemorarse la Independencia Nacional.

Pero el 21, el comandante de armas de Santiago, José Antonio Hungría, movilizó sus tropas hacia los poblados de Guayubín y Sabaneta, donde se produjeron trascendentales enfrentamientos. Allí las figuras de Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, José Cabrera y José Mártir se movieron bajo la jefatura de Rodríguez. Y, pese a que tuvieron que replegarse hacia la frontera, dieron inicio a una táctica de batalla agobiante para las fuerzas lineales del Gobierno español: la guerrilla. Más adelante el general Mella distribuiría todo un manual sobre este tipo de movilización.

Ante la ausencia del general José Antonio Hungría, un grupo de patriotas intentó desmontar la Plaza de Armas de Santiago, el 24 de febrero. Moya Pons cuenta que Hungría dio un giro y consiguió detener momentáneamente a los conspiradores que ya habían puesto en libertad a varios prisioneros y reclamaban la rendición de la Fortaleza San Luis.

“Las fatales consecuencias que enfrentaron los patriotas que llevaron a cabo el levantamiento de la Línea Noroeste y de Santiago no amedrentaron a los valientes dominicanos Santiago Rodríguez, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel y José Cabrera, quienes mantenían sus operaciones en diferentes zonas de la frontera cerca de Dajabón, para lo cual contaban con la ayuda del presidente haitiano Fabré Geffrard”, precisa Juan Gilberto Núñez, para describir la agitación que crecía entre los dominicanos progresistas.

Finalmente, el 16 de agosto de 1863, un grupo de catorce hombres, encabezados por Santiago Rodríguez, atravesó la frontera, y en el Cerro de Capotillo, enarboló la bandera tricolor concebida por Juan Pablo Duarte antes del 27 de febrero de 1844. De este modo comenzaba un encendido movimiento patriótico por la restauración de la República.

De inmediato los pueblos de La Vega, Moca, Puerto Plata, San Francisco de Macorís y Cotuí se sumaron a las fuerzas del Noroeste, para luego, con el concurso de 6,000 hombres, rodear la ciudad de Santiago.

El ataque se produjo el 6 de septiembre y después de siete días de combates intensos, los españoles decidieron abandonar la ciudad, que había sido incendiada por la fuerte avanzada dominicana.

El 14 de septiembre, en una vivienda cercana al Fuerte de San Luis, se constituyó el Gobierno Provisional Restaurador, presidido por José Antonio Salcedo, jefe de Operaciones de los recientes combates.

Desde esa trinchera, los restauradores coordinarían cerca de 107 combates necesarios para sacar a las tropas de España del suelo dominicano, sin ningún tipo de concesión. Dentro de estas batallas sobresalió la valentía y la inteligencia de un demócrata de piel mulata llamado Gregorio Luperón.

Por: Jhonatan Liriano, periódico Listín Diario

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