La Rubéola: historia, tratamiento, vacunas...

La Rubéola: historia, tratamiento, vacunas...

Como una forma de dar respuesta a las principales preguntas que surgen al respecto, hemos preparado este interesante artículo.

Como una forma de dar respuesta a las principales preguntas que surgen al respecto, hemos preparado este interesante artículo.

Si notas que de pronto, la palabra Rubéola se ha puesto de moda, no es casualidad. Una campaña masiva de vacunación, en contra de esta enfermedad, nos ha puesto a preguntarnos: ¿De dónde sale esta enfermedad?, ¿En qué consiste? ¿Cómo se previene?, ¿Cómo se trata?.

Educando pretende con este artículo dar respuestas a estas y otras preguntas que puedan surgir sobre el tema y que ponen en evidencia una enfermedad poco conocida, pero no por esto menos peligrosa.

La rubéola, (también llamada Sarampión Alemán) es una enfermedad causada por un virus. Se caracteriza por una erupción máculo-papular, que se inicia en la cara y desciende al cuello, tórax y todo el cuerpo, muy parecida a la del sarampión.

La Rubéola se transmite a través de la saliva, la tos o los estornudos.

Debido a que, hasta la mitad de las personas infectadas por este virus no presentan ningún síntoma, es posible estar en contacto con un enfermo e infectarse de rubéola sin darse cuenta.

Antes de la utilización de la vacuna contra la rubéola, era una enfermedad que generalmente se adquiría en la niñez. Sin embargo, los casos de rubéola posterior a la introducción de la vacuna en diferentes países, muestran que durante los últimos años ha ocurrido un desplazamiento del riesgo de enfermar hacia el grupo de adolescentes y adultos jóvenes, por lo que ya no es una enfermedad sólo de los niños/as.

La historia de la rubéola es poco conocida. Cuando se intenta profundizar en su origen, sólo llegan retazos y fragmentos de crónicas. Todo vaguedad e informaciones parciales, pero se sabe que su nombre fue propuesto por Veabe en 1866. Quince años después, se reconoció el padecimiento como una enfermedad clínicamente independiente.

Su origen viral fue sugerido en 1938 por los doctores japoneses Hiro y Kasaca; tres años más tarde, el norteamericano Norman Gregg asoció la presencia de la infección durante el embarazo, con las complicaciones que produce en el feto.

En la niñez y en las embarazadasLa rubéola suele revestir escasa gravedad, acompañándose algunas veces de otitis (infecciones de oídos), es más frecuente la complicación de la enfermedad entre los adultos que la padecen, que pueden sufrir otras patologías más graves provocadas por bacterias, como neumonía o encefalitis (en uno de cada 1,000 casos).

Esta última consiste en una infección que afecta al cerebro y conlleva un riesgo inmediato de coma, retraso mental a largo plazo, epilepsia e incluso muerte del paciente. Los problemas más graves asociados a la rubéola suelen presentarse en mujeres embarazadas que contraen la enfermedad durante la gestación o en los meses anteriores al embarazo.

En estos casos existe un alto riesgo de que el feto se contagie y desarrolle el Síndrome Congénito de la Rubéola, que puede provocar la aparición de defectos congénitos en el niño o niña, tales como pérdida de visión y ceguera, pérdida de audición, patologías cardíacas, retraso y parálisis cerebral o dificultades a la hora de empezar a caminar.

Los bebés con este síndrome pueden presentar bajo peso al nacer, diarrea, neumonía y meningitis. Las primeras 8 semanas de gestación son las más susceptibles para el feto, con mayor probabilidad de defectos congénitos, ya que es una época muy importante del crecimiento fetal, con numerosos órganos y sistemas en pleno desarrollo, que pueden verse dañados por el virus.

No se recomienda administrar la vacuna contra la Rubéola durante el embarazo; también se recomienda que toda mujer que reciba la vacuna posponga sus intentos de concebir un bebé hasta 28 días después de recibirla.

Los síntomas incluyen:

• Glándulas inflamadas por lapsos de hasta una semana
• Fiebre (que rara vez excede los 38°C ó 100,4°F)
• Irritación (usualmente en el área de la cara, aunque también se extiende al tronco y extremidades. Tiene la apariencia de manchas rosadas debajo de la piel. Las manchas se manifiestan en el primer o tercer día de la enfermedad, pero desaparecen al cabo de unos días, sin dejar daños permanentes) la señal de Forchheimer ocurre en el 20% de los casos, y se caracteriza por vejigas rojas pequeñas en el paladar
• Piel reseca
• Inflamación de los ojos
• Congestión nasal
• Dolor e inflamación en las articulaciones
• Dolor en los testículos
• Pérdida de apetito
• Dolor de cabeza
• En muy pocos casos, los nervios se vuelven débiles y entumidos

Una vez que se padece la enfermedad, el paciente adquiere inmunidad permanente, por lo que no vuelve a ser atacado por el virus.

El período de incubación de la enfermedad (tiempo que transcurre desde que se entra en contacto con una persona enferma hasta que comienzan a desarrollarse los síntomas) suele oscilar entre dos y tres semanas. A su vez, una persona infectada por el virus de la rubéola puede transmitir la enfermedad a otras personas dos días antes de que los síntomas se muestren, no desapareciendo el riesgo de contagio hasta una semana después de la aparición de los signos de la enfermedad.

Tratamiento para esta enfermedad
No existe un tratamiento específico para la rubéola. La actuación de los especialistas durante la enfermedad suele centrarse en el control de los síntomas y va dirigida a mitigar la fiebre y el malestar general, como si se tratara de un proceso gripal.

Se recomienda reposo y el aislamiento del paciente para evitar nuevos contagios. Hay que acudir al pediatra si el niño/a con rubéola respira con dificultad o la tos dura más de cuatro o cinco días. Se administran antibióticos en caso de infecciones bacterianas (otitis o neumonía).

La vacuna triple vírica, que protege frente a la rubéola, el sarampión y las paperas, se muestra eficaz en casi la totalidad de las personas a las que se les administra. Es una vacuna combinada que se recomienda en la niñez.

Es aconsejable administrar la primera dosis cuando se llega a los 15 meses, aunque en algunos casos no proporciona la inmunidad adecuada, por lo que se suele facilitar una segunda dosis antes de la escolarización (entre los cuatro y los seis años) o antes de la adolescencia (entre los once y los trece años).

En cualquier caso, también se recomienda la vacunación en personas adultas que no recibieron la inmunización durante la infancia.

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